Los dinosaurios van a desaparecer

Acerca de cómo el líder y su obediente manada impiden el progreso del conocimiento. El nefasto efecto de las tribus en ciencia es consagrar la mediocridad del mundo

 

Por Daniel Flichtentrei para IntraMed

 

Cuando pensamos en el modo en el que el conocimiento se supera a lo largo del tiempo solemos creer que esa trayectoria es lineal, ascendente y progresiva. Pero no es así. El camino es sinuoso, contradictorio, plagado de errores y retrocesos. Solo al considerar largos periodos, la distancia permite construir la idea del progreso perpetuo. Del mismo modo, cuando reflexionamos acerca de lo que sabemos tenemos la ilusión de una certeza que no es real. Nunca, nadie ha producido una afirmación fáctica de carácter binario (Si/No) equiparable a un 100% de certeza. Siempre son aproximaciones con cierto grado de incertidumbre de índole probabilística. El resto es lógica o matemáticas. Y, la mayoría de las veces: prejuicios, conjeturas admitidas sin crítica o pseudo-verdades cuyo único criterio de validación es el impacto emocional que nos producen.

La ilusión del conocimiento es un sesgo intuitivo muy humano, pero muy contraproducente. En ciencia y en medicina (que no es una ciencia) negar la incertidumbre es abrir la puerta a la tempestad del dogmatismo y la arrogancia. La certidumbre no solo inútil, es dañina. Nada menos científico que eso. La humildad cognitiva es un requisito indispensable del conocer. Es imperativo admitir que aceptamos con menos exigencias de prueba toda información que coincida con nuestras creencias previas y que somos más rigurosos para admitir aquella que las contradice y que, en general, rechazamos.

Basta leer las revistas médicas o recorrer las aulas de universidades y hospitales para constatar otro fenómeno del que no se suele hablar. Una verdad incómoda y vergonzante. A fuerza de silenciarla terminamos por desconocerla en un patético mecanismo adaptativo. Aceptamos como “normal” lo que juzgamos inevitable solo porque excede nuestra capacidad -o nuestro coraje- para modificarlo. Es una forma larvada de la derrota y la resignación. Muchas veces el progreso del conocimiento se ve obstaculizado por la presencia de figuras de referencia que ocupan lugares de poder desde donde se manipula qué se puede decir y qué no puede ser dicho. Feudos, tribus, círculos cerrados. Dinosaurios que se reproducen en un minúsculo coto endogámico. Las verdades posibles se restringen al estrecho menú que ellos confeccionan. Es un banquete siniestro en el que los comensales creemos elegir el plato que, de todos modos, estamos obligados a elegir.

Existen muchas propuesta teóricas que intentan explicar el avance del conocimiento científico, tal vez todas tengan algo de verdad: Thomas Khun, Karl Popper, Imre Lakatos, Mario Bunge, Pierre Bourdieu entre muchos otros han reflexionado sobre el tema. Pero vale la pena recordar especialmente al notable físico alemán Max Planck quien afirmó con ácida ironía que: “Una nueva verdad científica no triunfa por convencer a sus oponentes y hacerles ver la luz, sino porque sus oponentes mueren y una nueva generación crece.”Según su criterio la ciencia avanza de a un funeral a la vez. El “principio de Planck” fue sometido a contrastación empírica en un trabajo publicado en 2015 en el National Bureau of Economic Research (Cambridge, Reino Unido) por Pierre Azoulay, Christian Fons-Rosen y Joshua S. Graff Zivin. Mediante una ingeniosa metodología bibliométrica se analizó la publicación de grupos liderados por una figura descollante dentro de un área específica y las modificaciones de esa variable cuando el líder del grupo moría. Sus resultados confirmaron la hipótesis Planck.

 

 

 

La hegemonía produce homogeneidad

“Lo que Thomas Khun denominó ciencia normal o paradigma dominante, yo prefiero llamarlo con cierta dosis de cinismo: “el club de la mutua admiración”, atrapado en el callejón sin salida de la especialización”. Vilayanur Ramachandran

El instinto coalicional, los grupos o camarillas de poder, las tribus, sectas, clanes, facciones suelen funcionar como aduanas epistemológicas. Los fundamentos no se discuten, lo aceptado por la mayoría hegemónica no admite confrontación. Si alguien se atreve a pensar que las calorías no son las determinantes del sobrepeso, que el inconsciente como lenguaje es una fantasía, que no hay mente sin cerebro, que realizar angioplastias coronarias en pacientes estables no ofrece beneficio alguno, que la conducta ingestiva y el sedentarismo son las consecuencias y no las causas de la obesidad, o si alguien se anima a cuestionar la eficacia del cribado del cáncer mama (mamografía) o de próstata (PSA); si el apóstata deja oír su voz disidente, si expone sus argumentos, no será escuchado ni discutido científicamente; será desterrado del reino. Su propuesta será estigmatizada: “dietas de moda”, “reduccionismo biologicista”, “medicalización”; la descalificación sustituye a la refutación argumentativa. Las disidencias, las desviaciones y anomalías se barren debajo de la alfombra. Pero los hechos son inmunes a las fraternidades y a las logias. No se alcanzan verdades más contundentes por el énfasis con el que se las expresa ni por la pertenencia a grupos en pugna.

Se necesitan argumentos, no la obediencia debida al líder ni el asentimiento complaciente de sus subordinados.

 

  • Hace pocas semanas el profesor Milton Packer publicó un comentario con motivo de las reacciones desatadas por el estudio ORBITA Este ensayo clínico aleatorizado analizó la evolución de pacientes con angina crónica estable y lesión severa de un vaso bajo tratamiento médico óptimo sometidos a angioplastia coronaria o a una intervención simulada (sham procedure). Ambos grupos tuvieron resultados semejantes respecto de los puntos finales clínicos: alivio de los síntomas y ganancia en su capacidad funcional de ejercicio.
  • El Dr. Packer se pregunta si estos resultados podrían molestar a algunas personas. Las conclusiones ponen en discusión cientos de miles de procedimientos y millones de dólares gastados. El impacto económico de un cambio de conducta médica podría resultar enorme. Las respuestas no se demoraron, pero no consistieron en discusiones científicas ni en impugnaciones metodológicas, el escenario no fueron los congresos ni las publicaciones médicas. La polémica estalló en las redes sociales con una violencia inusitada.
  • El investigador principal Darrel Francis del Imperial College en Londres abrió una cuenta de Twitter para defenderse de los ataques. Los pseudo-argumentos esgrimidos rozaron el ridículo, como que: el tratamiento médico de los pacientes del estudio ORBITA era “demasiado bueno”. La cita que más sorprendió a Packer procede del sitio web de TCTMDatribuida a Samir Kapadia, MD, (Cleveland): “Hago angioplastia y tengo pacientes agradecidos. No creo que se necesite mucha ciencia para descubrir si la angioplastia funciona o no”. Al parece para algunos el agradecimiento de sus pacientes es una prueba de la eficacia del procedimiento.
  • Concluye Milton Packer: “El ensayo ORBITA puede o no habernos enseñado algo importante sobre la enfermedad de las arterias coronarias, pero definitivamente nos ha enseñado mucho sobre las debilidades de los seres humanos y sobre cómo las redes sociales empeoran las cosas”.
  • La mayoría de los comentarios expresan la dificultad que tenemos las personas para aceptar evidencias que contradicen nuestras creencias o el sentido común establecido.
  • También se cuestionó la realización de un procedimiento simulado lo que podría constituir un “engaño” para los pacientes interrogándose acerca de si eso es ético o no. Pero las preguntas deberían ser: ¿qué es un procedimiento que se realiza atribuyéndose un beneficio que no tiene? ¿cuál de los dos es el engaño, el “real” o el “simulado”?

“Es difícil lograr que un hombre entienda algo, cuando su salario depende de que no lo entienda”. Upton Sinclair

La vida intelectual se empobrece cuando la discusión de puntos de vista divergentes pierde su potencia y su fecundidad para transformarse en mera custodia de las propias fronteras. La hegemonía produce homogeneidad. Gobierna el acceso a la investigación seleccionando los temas y los subsidios; a la publicación mediante la revisión por pares que no admite diversidad y tantas otras formas de silenciamiento. Solo se citan, se financian y se celebran unos a otros. El endogrupo se expande al tiempo que los puntos de vista se contraen. Los grupos se organizan jerárquicamente con uno o más popes y una curia de acólitos que reproducen un conjunto de premisas y normas aceptadas que se custodian con un fervor religioso. Sus intereses se defienden mediante la manipulación, no la argumentación. Se nos ofrece una percepción monolítica de lo real. Los motivos pueden ser muchos, los resultados son los mismos: instalar un “sentido común” sobre el que nadie vuelve con espíritu crítico. Es un juego donde todos pierden, en particular el conocimiento. Es algo imperdonable en ciencia.

Se denomina caconomía (economía de lo peor) a la extraña predilección por producir trabajos de baja calidad y recibir recompensas de baja calidad. Es un modo perfecto para instalar la mediocridad del mundo como modo automático o por defecto. Un doble acuerdo tácito, una teatralización en la que todos simulan una eficiencia y un rigor que –saben- que no tienen. Al respecto afirma la filósofa italiana Gloria Origgi: “Si una de las dos partes genera un resultado de alta calidad –rompiendo las reglas del juego- la otra parte se considerará víctima de un abuso de confianza”. El pacto genera una reducción general de las expectativas, le confiere un tono más relajado a la vida, instala una mediocre zona de confort donde casi todos prefieren quedarse. La aceptación del estatuto de la caconomía regula los intercambios de la peor manera posible. Es una forma de insensatez colectiva.

Origgi se pregunta en su libro Reputation: “¿Por qué la gente quiere sacarse selfies con celebrities y divulgarlas? Incuso en el mundo académico funcionan las más vulgares reglas de la reputación”. Estar cerca del líder de la manada –según cree el ingenuo obediente- nos transfiere algo de su prestigio simbólico. Esta heurística de proximidad solo puede operar en un mundo intelectual pequeño, pobre y guiado por el principio de la mediocridad. Todos quieren su selfie con la estrella. Quieren la serenidad y el confort de pertenecer al grupo. Lo que no entienden –o se resisten a entender- es que lo que ganan es mucho menos valioso que lo que pierden.

 

 

Lobo suelto, cordero atado

El mercado también quiere salir en la foto. Hoy todo necesita ser legitimado por la ciencia, incluso con objetivos miserables, desde los productos comestibles y las cremas anti-agehasta el calzado deportivo. La propia calificación de “científicamente demostrado” es un slogan de marketing, no una afirmación científica. Un mero sello publicitario que contradice los principios fundamentales de la metodología de la ciencia. El “referente” ofrece su imagen y su palabra para transferir -mediante la tonta heurística de proximidad- el aura sagrada de su prestigio egomaníaco a los productos. Gira en los diarios y en la TV al compás de la partitura que le escriben sus mecenas. Hace publicidad travestida de consejos. Llama “salud” a los negocios y ofrece la ciencia al mejor postor. El liderazgo cotiza en bolsa.

Les falta ciencia, les falta consciencia, les falta rock. No saben, no quieren saber que “los dinosaurios van a desaparecer”.

Daniel Flichtentrei

 

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